Soy yo la que delante del semáforo está parada, mirando a la perdición, a la Barcelona que se acaba de despertar para sonreír a un mundo que no está hecho para mí.
Soy yo la que, estando parada, se queda mirándote y se pregunta la razón por la que pasas aún estando en rojo, pues yo soy la que pasará en verde.
Soy yo la que mira tu melena rubia, sintiendo el momento fugaz al pasar por mi lado porque ya no nos volveremos a ver. Soy yo a la que tampoco le importa.
Soy yo la que mira absorta la carretera que está a punto para acoger mis pasos, hoy que vienen con jaleo.
Soy yo la que mira hacia mi izquierda, pensando que ese rótulo estará también mañana, aunque quizás con diferente anuncio.
Soy yo la que vuelve la mirada y se da cuenta de que ya se puede pasar: ya está en verde.
Soy yo la que cruzo la carretera, pensando en los pocos coches que hoy hay -se acabó la Mercè- y por lo que pienso que corro menos riesgo de ser atropellada, mientras miro el camión con no sé qué mercancías de La Llagosta.
Soy yo la que sigue caminando, calle arriba, pensando que bien podría coger toda esa ropa que ahora descargan y ponérmela, por qué no, hoy me siento guapa.
Soy yo la que nunca se acuerda de la calle en la que está, pero mira las tiendas atónita, siempre con la mirada furtiva acechando de la misma persona que cada día pasa por allí.
Soy yo la que gira hacia la izquierda hasta ver que el hostalillo tan barato de siempre por fin está lleno -para superar la crisis y esas cosas- mientras se asusta del hombre que saluda al otro al abrir la persiana del bar que regenta.
Soy yo la que ya no respira por allí -¡¿a quién no le han enseñado que no se mea en la calle?!- y se aprisa para entrar, entrar allí donde me espera mi futuro...
...aunque hoy no hay nadie...